Ayer llevé a mis hijos varones a la cancha a ver a Boca. El mayor ya había ido una vez antes, el menor iba por primera ocasión.
Durante toda la semana anterior, las primeras palabras de mi hijo más chico al levantarse fueron: «Hoy faltan x días para ir a la cancha». Así fue llevando la cuenta regresiva…
El día finalmente llegó. La idea era divertirnos y pasar un buen rato juntos, no buscar lecciones de vida. Pero la vida tiene eso… decide enseñarte cosas cuando menos lo estás buscando.
Aquí quiero compartir con ustedes las dos imágenes con las que me quedo de ese rato único con mis chicos.
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La primera:
Entrando a la cancha compré una de esas cornetitas que desafían las leyes de la física porque no se entiende cómo algo tan pequeño puede hacer tanto ruido. Durante el partido, mis hijos se turnaban para aturdirnos a todos con ese sonido insoportable. Yo me preocupaba por que estuvieran molestando a los demás espectadores. Promediando el primer tiempo le dije a mi hijo mayor que parara de una vez de joder con la corneta.
Él me dijo: «Papá, todos los días cuando estoy en el colegio y hago ruido me dicen: ‘¿Qué te pensás, que estás en la cancha?!’. Bueno, papá, hoy sí. ESTOY en la cancha!!! Dejame hacer ruido tranquilo!».
¡A partir de ahí fuimos tres los que nos dedicamos a joder a todos con la corneta!
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La segunda:
Desde el comienzo del partido, se escuchaba sin pausa el aliento de la hinchada de Boca. A los chicos les divertía y de a momentos se sumaban a los cantos. Un rato después Boca recibió el primer gol. El aliento se hizo más intenso. Mi hijo mayor se lamentó por el gol y me dijo:
«Papá, ¿por qué gritan ahora si nos acaban de meter un gol?».
Yo le expliqué que en ese mal momento era cuando los jugadores más necesitaban sentir nuestro apoyo. Que ese era el momento de cantar para que puedan revertir el resultado. Boca empató pero poco tiempo después pasó a perder de nuevo. Apenas Banfield convirtió ese segundo gol la reacción de ellos, en vez de lamentarse, fue empezar a alentar. Y el empate llegó de nuevo. Al final, Boca perdió el partido con un gol en tiempo adicional y nos fuimos con la amargura de que en el debut de mis chicos en la cancha Boca hubiera perdido.
Cuando, ya afuera del estadio, caminábamos hacia el auto, unos 10 minutos después de terminado el partido, se escuchaba desde afuera a la hinchada que todavía cantaba y cantaba. Bastante perplejo, mi hijo me dijo:
«Papá, ¿y ahora por qué cantan??! El partido ya terminó y por más que la hinchada aliente los jugadores no pueden ya cambiar el resultado».
En una décima de segundo, se me fue toda la amargura por la derrota y pensé: «¡Menos mal que perdimos! ¡Mirá si por haber empatado me perdía que mi hijo me haga esta pregunta!».
Y le dije: «Porque precisamente ESO es ser hincha de Boca».
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Como padres tenemos muchas veces el desafío de compartir con nuestros hijos valores que puestos en palabras resultan vacíos. ¿Cómo explicarles la importancia de cosas como no bajar los brazos, de sacar lo mejor de uno ante la adversidad, de brindarnos a los que queremos aún cuando podamos sentirnos defraudados por ellos? ¿Quién hubiera esperado que la cancha era un buen lugar para que juntos, sin palabras, aprendamos sobre esas cosas, no?!




