Está claro que muchos avances científicos y tecnológicos van a modificar nuestras vidas. La pregunta que quiero plantearles hoy es: ¿tendríamos que replantearnos en función del cambio tecnológico ciertas «obviedades» respecto de la crianza de nuestros hijos, que es quizá el más importante «proyecto» de largo plazo en el que estamos involucrados?
Ayer hice una pregunta al respecto en Twitter y Facebook y generó una gran discusión, así que ahora quiero plantear el tema acá.
La pregunta fue la siguiente: ¿Con la relativamente próxima llegada de aparatos traductores móviles, tiene sentido que nuestros hijos estudien idiomas?
Antes de abrir el tema a discusión quiero hacer tres comentarios:
1) Por un lado quiero compartir con ustedes información sobre lo que ya existe hoy en este tipo de dispositivos, para que vean que su llegada es realmente cuestión de unos pocos años. En este artículo del MIT Tech Review pueden ver el último aparato presentado por la empresa japonesa NTT Docomo, que permite que uno hable en un idioma y el sonido salga en tiempo real en otra lengua. La última versión funciona como un app en el celular. Vos hacés una llamada, hablás en japonés y la persona a la que llamaste te escucha en inglés, mandarín o coreano. ¿No es asombroso?
Y ya hace rato hay apps como WordLens que traducen en tiempo real el texto escrito con solo filmarlo con la cámara del teléfono.
2) Muchas de las respuestas en la discusión de ayer en redes sociales giraron en torno a que aprender una lengua te da más que simplemente la capacidad de comunicarte. Que es una puerta a conocer otras culturas y varios etcéteras. Si bien eso es cierto, no quiero dejar de marcar que, en mi opinión, en la abrumadora mayoría de los casos, cuando quienes podemos hacerlo mandamos a nuestros hijos en edad temprana a estudiar inglés o a colegios bilingües la decisión es eminentemente utilitaria. Todavía no sabemos qué les va a gustar hacer o qué culturas les van a interesar de grandes. Los hacemos estudiar inglés porque pensamos que será una herramienta imprescindible para sus vidas profesionales.
3) Por último, no hay que perder de vista que todo tiene un costo de oportunidad. Aprender una lengua es una tarea dificilísima. Tan difícil que la inversión en horas que los chicos hacen para lograrlo es enorme. Si van a un colegio que destina las 3 horas de la tarde a estudiar inglés, a lo largo de toda su formación invertirán más de 8000 horas al estudio de este idioma (la cantidad está muy cerca del número mágico de 10000 horas que Malcolm Gladwell plantea en Outliers que hace falta para ser destacado en cualquier área). No se puede responder livianamente que lo hagan sin considerar por un momento qué podrían aprender, estudiar o crear si asignaran ese tiempo a otras cosas, como la música, la plástica, la ciencia o la programación.
En resumidas cuentas, la pregunta es: ¿Será el manejo de un idioma la herramienta más necesaria para chicos que están hoy entrando a jardín de infantes o primer grado cuando en 12 a 15 años terminen la escuela secundaria?
Para mí la respuesta no es para nada obvia. Ante la inminencia del cambio, ¿nos animaremos a desafiar uno de los supuestos básicos con los que educamos a nuestros hijos?



