Yo no soy hincha del Barcelona. Soy de Boca y de los Green Bay Packers. Y ayer ni pensaba ver el partido. Pero por una casualidad me encontré frente al televisor para los últimos 15 minutos del partido frente a Chelsea. En ese breve lapso vi un fútbol maravilloso, coronado por un gol (para mí mal) anulado, un tiro de Messi en el palo, un jugadón de Mascherano y varias tapadas fenomenales más de Cech. Y me di cuenta, ante la implacable cuenta regresiva, cuántas ganas tenía de que el Barça y su fútbol hermoso ganen…
El partido terminó y me encontré a mí mismo preso de una inesperada tristeza. Tristeza, pero también bronca. Bronca de que un equipo pueda tener 75% de posesión, 85% de pases correctos, jugar como lo hizo el Barcelona tanto en la ida como en la vuelta, y terminar con las manos vacías frente al planteo mezquino del que sale solo a neutralizar y defender. A mí no me gusta eso del fútbol.
Me levanté esta mañana y Mariano Sigman, el apasionado y apasionante físico y neurocientista que ya ha tenido un muy sonado paso por Riesgo y Recompensa, había escrito en caliente estas reflexiones al respecto, que comparto acá con ustedes. Como para que al menos tristeza de muchos sea un poco menos triste.
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Mortales en el Olimpo, por Mariano Sigman
El martes 24 de Abril del 2012, Lionel Messi erró un penal y el Barcelona quedo afuera del torneo más grande del más grande de los deportes.
Es fútbol, ya sabemos. Es cine, es ficción, es algo que sucede en otro continente, en un mundo que no nos es propio, que festejan o sufren personas ajenas. Es un juego, un deporte. Y entonces. ¿Por qué tanta congoja? ¿Por qué escribirse con los amigos más cercanos como si no pudiésemos no estar juntos y fuertes en un día tan triste? ¿Porque un duelo?
La incomprensible pero inquebrantable pasión del fútbol. La encarnación del triunfo ajeno, la apropiación de la primera persona, el juego indescifrable e inclasificable, las banderas, el despliegue onírico en el cuadro, en la cancha, en la pelota. ¿Porque nos conmueve lo que nos conmueve? El valor, en su versión más cruda, es utilitario. ¿Cuánto pagaría cada uno – genuinamente, si esto fuese una verdadera opción – por jugar el partido de vuelta? ¿Y por que Argentina gane el mundial? ¿Es acorde esto a la tristeza a la congoja?
La proyección del fútbol. La inevitabilidad de asignar significado y emociones. Si uno se encariña con un triángulo y desteta un cuadrado en una trama de formas móviles como no desvivirse con el fútbol y teñirlo de todo lo bueno y todo lo malo.
Antaño quedo los que sufrían cuando ganaba un equipo de Bilardo, los unos, o de Menotti, los otros. No por cuadros y banderas sino por la proyección de una ideología en la cancha. Una izquierda y una derecha en el fútbol. Tipos de bien y poetas contra pinchadores de culos y contaminadores de bidones.
Cualquiera reconoce lo propio en esta gesta de titanes que se dio en el epicentro del fútbol en un mundo sin fronteras; el Barca y el Madrid. El toque y el rondo, la caricia a la pelota o el vértigo agresivo y esforzado. Iniesta o Xabi Alonso, Puyol, el capitán entrañable o Sergio Ramos, Abidal o Pepe, Ronaldo o Messi. Es más claro, Cataluña o el equipo del Rey. Las dos Españas. Y, por supuesto, Mourinho o Guardiola.
Escribo esto sobre todo para paliar penas. Para compartir una tristeza tan entrañable de un evento que, se con toda certeza, no deja de ser un juego. Pero sobre todo lo escribo, bendito optimismo, porque creo que esta derrota era necesaria. El Barca era a la vez la mina mas piola, la más dulce, la más divertida, la más linda y la que mejor cogía. No había manera de saber porque uno la quería.
Hoy el Barca, salvo por el circunstancial hecho de este partido perdido, es el mismo que ayer. Hoy tocaron que era una delicia y reventaron los palos y perdieron un partido incomprensible que hace del fútbol el más precioso de los juegos. El Pep salió de esta derrota a hablar de lo colorido, de los gustos y sabores, y del deseo por la vida que había mamado en México. Perdieron. Ya no ganan todo y encima la antítesis, la otra España, está de fiesta. En esta aparente hecatombe cuya carroña ya vaticina como el fin de un ciclo (implícitamente su ingreso al panteón) yo brindo. Salú Pep. Salú a esa banda de desconocidos (a quien le importa lo que verdaderamente son) que emanan compañerismo, toque, alegría por el deporte, el reverberar de un pueblo que forja su identidad en La Masía y una oda sinfónica a la pelota. Y ahora encima, para que no confundamos gordura con hinchazón, encima pierde.



